No te vas a escapar una tercera vez.

¡¡Buen Domingo!! Llegamos al capítulo 3, después del primer encuentro, de descubrir que la personalidad de Toya no es para nada lo que Gabriela recuerda, llega el momento de que empiecen a compartir más momentos juntos, el día y día, sin embargo, los primeros problemas llegan.

¿Continuamos?, es hora de despertar.

3

Un molesto sonido se colaba entre mis sueños, un zumbido persistente que me obligó a abrir los ojos cuando en realidad no quería, sin embargo, mi despertador tenía una opinión muy diferente y siguió molestando hasta que lo apagué de un manotazo.

Las siete en punto marcaba en luz verde la pantalla del odioso cacharro, no había sido una buena noche, al menos no la que esperaba, creí que descansaría, que mi cabeza se distraería de lo del día anterior, pero no, porque mi subconsciente es incluso más cabezota que yo, y prefería permanecer entre las memorias de la infancia, repasando  mi despedida de Toya.

-Él ya no es así -me recordé.

Y aún así seguía molesta, por el cambio, por las diferencias, porque mi amable y protector lobito gris, hubiese crecido para convertirse en un cazador para el que cada nueva mujer no era más que una nueva presa, un nuevo juego. Era tan surrealista creer en una promesa que hicimos cuando apenas éramos niños, sabía que era imposible esperar a alguien por tanto tiempo, y menos sin saber si volvería, pero yo si la creí, una parte de mí se aferró a aquella promesa, ahora me daba cuenta.

“¿Quizás él no hubiera cambiado tanto?, tal vez lo estuviese juzgando prematuramente.

“Sí, seguro, y el sol es verde”

-¡Ah! ya vale. -me obligué a mi misma dejar de pensar en lo mismo, el tiempo diría si estaba equivocada, o no, de nada serviría seguir dándole vueltas.

No obstante, por mucho que tratara de convencerme a mi misma, mi cabeza tenía voluntad propia, y solo el agua helada de la ducha que me cayó de golpe, logró hacer que me preocupara más por evitar una pulmonía que por quién era Toya ahora, de todas formas yo ya no era la misma niña que él conoció, y tampoco la razón por la que había regresado, no del todo.

Preparé algo de café para intentar entrar en calor después de esa ducha ártica, agarrándome a la taza humeante a la espera de que esta me devolviera el calor que el secador no logró darme, mientras me concienciaba, de que muy a mi pesar, tendría que volver a pedirle a Toya que me enseñara como funcionaba el dichoso calentador, ya que en ninguno de mis cinco intentos logré que funcionara.

c3-2

El timbre de la entrada sonó justo cuando había terminado mi dosis de cafeína, un timbre que ignoré tanto como mi paciencia me lo permitió, hasta que finalmente empujé la puerta y me asomé al pasillo con cara de pocos amigos.

-¿Te has dormido? -peguntó con total inocencia, Toya.

-¿Qué haces tú aquí? -intentaba reponerme de la sorpresa de verlo pegado a mi puerta, controlar mi voz para que no pareciera nerviosa fue misión imposible.

-Mmmm… ¿huele a café?

Toya entró a mi apartamento sin que pudiera hacer nada para detenerlo, yendo directamente hacia mi cafetera para servirse con total tranquilidad, mientras yo lo observaba con los ojos como platos desde el recibidor.

-Mitsuki, ¿que haces aquí? -procuré endulzar mi voz, usar toda la hospitalidad que no tenía un lunes a las siete y media de la mañana, y menos después de una larga noche de recuerdos y pesadillas.

Todo lo que obtuve de respuesta fue una cálida sonrisa, y una mirada dorada que me repasaba de arriba a abajo, casi como si memorizara algo. Toya se paseó por el pequeño apartamento, sin decir nada más, esquivando las cajas y maletas de la mudanza que no había tenido tiempo de mover, por lo qué dí por imposible tener una conversación normal, y copié sus acciones, lo ignoré.

Regresé a mi dormitorio en busca de un cepillo y una goma para el pelo, pero tuve que ir al comedor para poder usar el espejo ya que todavía no había sacado el mío, estaría en alguna de las cajas, probablemente. Haciendo caso omiso a su comportamiento, me limité a intentar ordenar mi cabello para poder recogerlo en un moño alto, sin embargo, como cada mañana, me quejaba con cada tirón del cepillo y me preguntaba porqué no podía tener el pelo liso de mi madre y de mi hermana, tardé más que de costumbre en arreglarme esa mañana, el motivo no fueron mis desastrosos rizos sino la figura de Toya apoyada de espaldas en las puertas correderas del balcón, podía ver con total discreción su reflejo, su tranquilidad mientras se tomaba el café robado y las diferencias con la noche de mi llegada.

Creí que después de verlo en el balcón la noche anterior, o después de volver a perderme en el dorado de sus ojos ya no podría sentirme impresionada, me equivoqué, verlo dentro de un traje de chaqueta negro, con camisa blanca y sin abrochar los primeros botones fue un gran choque, no podía dejar mirarlo. Tan perdida me sentí, que no me dí cuenta de que me observaba a través del espejo,  despacio dejó la taza sobre la mesita frente al sofá y se acercó hasta quedar justo a mi espalda, mirándome a los ojos, con una lenta sonrisa formándose en su rostro.

-Te queda mejor suelto -opinó al tiempo que su manos deshacían todo el trabajo.

-Basta -quise gritar y apartarme, pero mi voz resultó un mero susurro, todo lo que sentía eran sus manos en mi cabello, peinando y colocando cada rizo hasta que estos cayeron sobre mi espalda.

-Mucho mejor -susurró bajando su cara hasta estar a la misma altura que la mía.

Algo en sus ojos me hizo querer huir, duda, reconocimiento, la misma mirada que por un segundo vi anoche. La más mínima sospecha sobre quien era en realidad podría acabar siendo un gran problema, no sabía por qué, solo estaba segura de ello.

-Llego tarde, Mitsuki -dije esperando que aquello fuese suficiente para alejarlo- así que si no te importa…

Toya no se movió de mi espalda, y supuso un esfuerzo mayor del que creí romper el contacto visual.

-Vete -pedí evitando volver a mirarlo mientras regresaba a mi dormitorio.

Solo cuando escuché la puerta cerrarse pude volver a respirar, aliviada cogí mi bolso y cambié mis zapatos. Respiré hondo antes de salir, llenándome de todo el pensamiento positivo que pude.

Será un buen día, un gran día

Mi primer día en la Universidad de Tokio, ambiente nuevo, gente nueva y lejos de Toya y las sensaciones que me provocaba. Error, me di cuenta de que estaba equivocada nada más abrir la puerta, él seguía allí, hablando tranquilamente por su iphone.

-Enseguida bajamos -oí que decía antes de colgar.

-¿Bajamos?, te pedí que te fueras, ¿tan difícil es de entender?

-No lo recuerdas -afirmó sonriente- hoy soy tu guardaespaldas, señorita Marcos.

-Mi guarda… -no logré terminar la frase, ni siquiera me di cuenta de que me sostenía por el brazo y me llevaba hasta el ascensor.

c3.3

-Mitsuki, estoy agradecida por el interés, de verdad…

-Toya, –me interrumpió- llámame Toya, –repitió mientras las puertas del ascensor se cerraban- nada de Mitsuki o señor Mitsuki –aclaró refiriéndose al uso de los honoríficos que suelen acompañar a los nombres- parece que estuvieras hablando con mi padre, yo soy mucho más joven –insistía.

Intenté replicar, pero justo en el momento en el que fui a abrir la boca, Toya dio un paso adelante, y otro, dejándome  arrinconada, apoyé las manos en su pecho para apartarlo, sin lograr que se moviera, sin conseguir algo de espacio.

-Repítelo, no es tan difícil, T-o-y-a –ordenó sujetando mi barbilla, alzando mi rostro para que lo mirara a los ojos, para perderme en ellos- repitelo.

Su voz grave y suave se me colaba dentro haciendo que la piel se me erizara, una parte de mí quería obedecer, quería rendirse sin condiciones, sencillamente dejarme guiar por su voz y sus ojos.

-No –susurré con un hilo de voluntad- no tengo por qué hacerlo.

Una extraña sombra planeó en el fondo dorado de su mirada, en el instante antes de ser sustituido por el brillo del cazador, por el reto.

-Lo harás, -aseguró- yo siempre consigo lo que quiero, pequeña “gaijin”.

La campana del ascensor sonó marcando la llegada a la planta baja, en cuanto las puertas se abrieron salí al recibidor, aliviada por poner algo de espacio, sin embargo, en apenas un par de zancadas Toya me alcanzó junto a la entrada, donde el mismo Land Rover negro que me recogió la noche anterior, esperaba con las puertas abiertas, y con Gokuro a un lado, levemente inclinado hacia nosotros.

-Buenos días, señor Toya, señorita Marcos -los ojos del viejo chófer se elevaron al pronunciar mi nombre, mirándome directamente, con la misma sombra de duda de ayer.

No tuve tiempo de devolver el saludo, Toya me hizo entrar en el coche enseguida, sentándose a mí lado.

-Mitsuki, ¿Cuánto tiempo va a durar esto? –pregunté con el coche  en marcha, Toya levantó las cejas como si no entendiera mis palabras- tu…compañía.

-Soy tu guardaespaldas, tu guía, -me recordó con una ancha sonrisa- prometí a mi padre que te protegería mientras estuvieses aquí, y yo siempre cumplo mis promesas –explicó con tanta seriedad que era difícil no creerlo.

-Estupendo –dije más para mí misma que para él.

Me giré todo lo que el cinturón de seguridad me permitió, tenía que centrarme en el paisaje y no en el hombre sentado a mi lado, el mismo que no había dejado de mirarme en todo el camino, estaba demasiado cerca, demasiado atento a todo lo que hacía, y me incomodaba, más allá de sentirme observada, era como si mi piel no me perteneciera, tirante, incómoda. Tomé una goma de mi bolso para recoger el trenzado que había comenzado casi sin darme cuenta. Toya sujetó mi mano y guardó la goma dentro de su chaqueta, deshaciendo la trenza con deliberada lentitud, manteniendo mi mirada.

-Suelto te queda mejor, -volvió a decir- me gusta más.

Su rostro se acercaba de nuevo, fijándose en mis labios con un objetivo, dispuesto a cumplir con sus anteriores tentativas.

-No me importa lo que te guste –le advertí casi sin voz.

-Mentira –adivinó sobre mis labios.

-Suficiente -pedí,- ¿no te cansas de jugar? -intenté bromear, quitarle importancia a su forma de acercarse a mí, de acorralarme.

-No estoy jugando -la seriedad en su voz hizo que mi corazón se saltase un latido, que de repente corriese más deprisa.

El coche frenó en seco, provocando que ambos mirásemos hacia donde Gokuro conducía, yo, aliviada, Toya, molesto.

-Hemos llegado –anunció el chófer con voz seca y cortante, sin apartar su atención de mí.

-Muy oportuno, Gokuro.

La queja de Toya me dio la oportunidad de salir del coche, antes que él.

Aire, por favor” suplicaba mi acelerado corazón.

Necesitaba un respiro, aire fresco, algo que no fuera estar rodeada por la fuerza y el calor de mi viejo lobito gris. Llené mis pulmones de una sola vez, para soltarlo poco a poco, logrando enfocar por fin donde estaba, en la entrada de la Universidad de Tokio, y solo se me ocurría una palabra para describirla.

-Increíble, ¿verdad? –pronunció Toya, adivinando mis pensamientos.

c3-4

La universidad de Tokio, era un imponente edificio de fachada de ladrillo visto, de arquitectura occidental, rodeada por otros complejos.

-Preciosa –afirmé- llamativa, desde luego la mía es algo más…austera.

-Ven –me pidió- voy a enseñarte el campus.

Antes de poder detenerlo ya había tomado mi mano, guiándome por  cada patio, despacho, salón o auditorio,  Toya parecía no cansarse nunca, era una fuente inagotable de energía. De pronto, empecé a darme cuenta de que la gente del campus nos miraba que se volvía en corrillos para comentar algo, empezaba a molestarme, a lo lejos pude oír algunos de sus comentarios: “esa extranjera que está con Toya  ¿quién es?, ¿quién se ha creído para ir cogida de su mano?, ¿estarán saliendo?, he oído que este año ha entrado una occidental, si se está acostando con el hijo del director está claro porqué ha entrado, ¿verdad?”.

No quería seguir escuchando, era cómo cuando estaba en la primaria: “ésta es la protegida de los Mitsuki, por eso ha entrado en una escuela como ésta, cómo puede el señor Keizo dejar que su hijo juegue con alguien así”.

Me detuve en seco en medio del patio principal, soltándome de la mano de Toya de un tirón.

-¿Estás bien? –Había preocupación en la voz de Toya, sus manos alcanzaron mi rostro, pero me aparte- no –una advertencia- ¿Qué ocurre?

-Nada –mentí- gracias, por la visita guiada.

Traté de que me soltara, sin éxito, lo oí suspirar a la vez que tiraba de mí hasta cercarme en sus brazos, por mucho que me resistí, no logré que se moviera ni un paso. Alcé el rostro para pedir que me soltara, y supe que sería imposible en cuanto vi su sonrisa.

-No me importa lo que los demás digan, yo siempre hago lo que quiero, es una de mis reglas. -me susurró.

-¿Junto con la de: “siempre consigo lo que quiero”? –le imité contagiada de su buen humor.

-Junto con la de: no te vas a escapar una tercera vez.

Me lo avisó, me lo había estado advirtiendo toda la mañana, sin embargo, eso no minimizó el impacto. La sensación de sus labios sobre los míos, la suavidad, el calor, su sabor, y el miedo.

Sigue así mi niña, y pronto podremos ser una.

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