LLegan los Lobos, ¿Listos?

¡¡Buen Domingo!!, después de las entradas musicales, y del aperitivo de Baile de Máscaras, creo que es hora de ir al tema principal.

Este espacio llegó para poder dar a conocer lo que puedo llamar mi primera novela, para compartir algo de lo que me siento orgullosa y que espero que disfrutéis,  y es por eso que doy oficialmente comienzo a: El Lobo y la Flor de Lis.

Ya conocéis a sus personajes, (y si no, lo tenéis en la pestaña PERSONAJES, venga, ¿a qué esperáis?), también tenéis parte de la banda sonora, y muchas canciones más que quedan por añadir, así que para no hacerme más pesada, simplemente espero que os guste el primer capitulo de mi lobito particular.

Karem Belt.

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“Gabriela, … ven,  sígueme, no te resistas, no tiene sentido, naciste para ser mía, para tener el poder que guardo para ti… ven, acércate pequeña, no me temas…”

¿De dónde?, ¿de quién es esa voz?, ¿por qué me llama?, ¿qué quiere de mí…?, desde que soy una niña escucho esa cantinela en mi cabeza, la última vez que me dejé guiar por esa suave voz femenina tenía seis años y acabé en pijama sumergida hasta la cintura en medio de un río en pleno invierno, no es un recuerdo agradable, aún así siempre acabo regresando a él en mis sueños, ¿por qué?, ¿qué hay en él?, algo hace que me sienta segura, la imagen de un lobo gris, de ojos dorados, que apenas es un cachorro, pero sé que puedo confiar en él, que cuidará de mí. Salgo del agua helada aún sin saber totalmente lo que hago, para abrazarme a su lomo y esperar que su calor me devuelva la temperatura.

-¡Gabriela! ¡Levanta o perderás el vuelo!-gritó mi madre desde el otro lado de la puerta de mi dormitorio.

Abrí los ojos rápidamente,  sin terminar de despertarme, parte de mí seguía dentro de aquel recuerdo, un fragmento de mi infancia, parte de una memoria bastante borrosa.

Cuando era niña, mis padres, mi hermana, y yo vivíamos en otro país muy lejos del de ahora, en el otro extremo del planeta, Japón. Antes de que yo naciera, un viejo amigo de mi padre, el señor Keizo Mitsuki, le ofreció a mi padre un importante trabajo en una de sus cadenas hoteleras como jefe de cocina, por ese entonces estaba en paro y yo a punto de nacer, aquella fue la gran oportunidad para nosotros, mientras estuvimos allí el señor Mitsuki se ocupó de buscarnos un buen lugar para vivir, aunque yo acababa pasando más tiempo en su hermosa casa tradicional, de época Edo, el Medievo japonés; siempre estaba allí jugando con su hijo menor Toya, cuatro años mayor que yo.

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Sin embargo, un día esa voz comenzó a llamarme, cada luna llena yo huía de casa, para perseguir su llamada, con la fortuna de que   lograban encontrarme antes de que pudiera salir del vecindario. Mi madre estaba cada vez más preocupada, y con mi hermana en camino, su nerviosismo aumentaba, yo no recordaba nada de lo que ocurría al despertar, y los médicos no dieron más que un diagnóstico de sonambulismo.

Una de las noches en las que desaparecí no lograron encontrarme, no sé con claridad qué pasó sólo recuerdo esa voz:

“Aún es pronto mi niña, cuando seas una mujer completa el poder de la luna será tuyo. Has nacido para contener mi poder, para guiar a los lobos de esta nueva era…”

Después  todo se vuelve nubloso, aquellos ojos dorados devolvieron a mi yo infantil a la realidad, entonces sentí el frío del agua, el viento en mi piel, y el miedo de estar sola en un lugar desconocido…aquel animal, aquel lobo que aparecía cuando tenía problemas, ese cachorro que se empeñaba en seguirme a cualquier parte y con el que siempre jugaba. Sin embargo, cada vez que trataba de hablar de él, mi padre surgía diciendo que en Japón no hay lobos, sólo los de los zoológicos, que los lobos sólo están en Europa, mi madre lo apoyaba diciendo que sería fruto de mi imaginación, que si era real por qué no se había mostrado a los demás…

Durante mucho tiempo quise creer en las palabras de mis padres, pero si todo eso era verdad, ¿por qué el señor Keizo intentaba cambiar de tema siempre que hablaba del lobo?, ¿por qué se le desencajaba la cara cuando me refería a él?… Esa duda estuvo conmigo hasta poco después del incidente, en el que aparecí en medio del pequeño río que atraviesa la ciudad.

Una noche acabé perdiéndome dentro de la casa de los Mitsuki, admito que nunca tuve mucho sentido de la orientación, pero aquello era vergonzoso, después de seis años en esa casa me perdí por ir detrás de una pelota, mi vieja pelota roja, la que solía llevar conmigo a todos lados.

La encontré en una sala de suelo de tatami, los ventanales estaban cubiertos por cortinas escarlatas y daban a un patio interior que no había visto hasta ahora, aunque lo que me sorprendió fue el gran dibujo de un lobo negro colgado en la pared principal de la sala, como si fuera el genio protector de la familia, me acerqué para observarlo con más detenimiento, casi hipnotizada por la realidad con la que estaba dibujado, la veracidad de su pelaje, la profundidad de su mirada, de esos ojos dorados… sí dorados, como los de mi pequeño lobo… no entendía si  era una coincidencia o si el señor Mitsuki me ocultaba la verdad, de todas maneras no tardaría mucho en saberlo, desde el patio se oían pisadas, pesadas y numerosas, que se acercaban a la sala, estaba asustada, sabía que debía irme, pero la curiosidad pudo conmigo,me escondí tras uno de los biombos de la parte más oscura de la sala, esperando a los dueños de las pisadas, ansiosa por descubrir una verdad que se empeñaban en esconder.

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La puerta corredera del patio se abrió, y tras ella oscuras figuras se adentraron en la habitación, no lograba verlas bien, únicamente distinguía una especie de sombras, parecían animales, de pie sobre cuatro patas…,  las linternas se prendieron dejándome ver la verdad oculta de la familia Mitsuki, todos los allí presentes eran lobos, adultos de gran tamaño, colocados formando un pasillo como si esperasen a alguien; entre ellos apareció la figura esperada, un gran lobo negro de ojos dorados, y tras él, un cachorro de lobo gris con los mismos ojos… sin duda era mi lobito, no sabía cómo sentirme: si aliviada porque al final no me lo había inventado o con miedo, mi único pensamiento era que el olor del incienso y de las velas ocultara mi existencia…

Aún no sabía que hacían allí aquellos lobos, esperaba que el señor Mitsuki apareciera en algún momento y se encargara de ellos. No fue así, los lobos se colocaron como si fueran una asamblea, alrededor del lobo negro y de su cachorro.

-Hermanos, nosotros somos el Clan de los Lobos, venidos desde los rincones del viejo continente, asentados en esta tierra lejana para velar por nuestra madre, hermana y amante, la Luna, dadora de vida y de nuestro poder.- ladró el lobo negro.

¿Había hablado?, no, lo que escuché fueron claramente aullidos, un ladrido profundo, pero yo escuché palabras.

-Presentaos, hermanos, mostrar vuestra humanidad. -volvió a ladrar el lobo negro.

-Nosotros somos los Tendou, Lobos Pardos del bosque, al servicio de nuestro hermano y de la luna. -dijo uno de los tres lobos pardos de la sala, al mismo tiempo que poco a poco sus cuerpos se convertían hasta tomar la forma de tres hombres, que se cubrieron con la yukata que había a sus pies, los tres tenían la piel oscura, el cabello y los ojos negros.

-Nosotros somos los Kagami, Lobos Blancos de la montaña, al servicio de nuestro hermano y la luna. -otros tres lobos blancos se convirtieron en hombres, esta vez su tez era blanquecina, con el cabello castaño y los ojos claros.

-Nosotros somos los Egata, Lobos Mestizos del mar, al servicio de nuestro hermano y de la luna- tres lobos más convertidos en hombres, de piel curtida por el sol, cabello oscuro y ojos marinos, con el aroma de la mar en sus cuerpos.

-Sed bienvenidos a la casa de los Mitsuki, Lobos Negros, vigilantes de las sombras,  hijos de la luna, para proteger a mis hermanos y a la luna- se presentó el lobo negro, mientras su cuerpo tomaba la forma de un hombre de unos cuarenta años con el cabello negro y los ojos dorados, a su lado el pequeño cachorro se convirtió en un niño de unos diez años con el cabello negro y los ojos de su padre.

Ahogué un grito al reconocerlos, esta era la razón de que ese pequeño lobo estuviera siempre cerca de mí, y de que el señor Mitsuki no quisiera hablar del tema de los lobos; ellos eran la familia que nos cuidaban.

-Hermano, ¿sabes por qué hemos convocado esta asamblea?-dijo uno de los lobos blancos.

-Tu hijo nos ha puesto en peligro, se ha acercado demasiado a esa niña, sus preguntas nos ponen en un serio conflicto. -contestó el lobo mestizo.

-¿Qué razón hay para que ella y los suyos estén bajo tu cuidado?-insistió el lobo del bosque.

-Entiendo vuestra inquietud, pero ella es importante para todos nosotros… ella es…

Eso es todo lo que recuerdo, lo siguiente está borroso, solo sé que salí sin ser descubierta, nunca dije nada sobre lo que vi. Aunque desde entonces mi madre insistió cada vez más en que debíamos volver a casa, a Europa y aunque me negué de nada sirvió, no era más que una niña sin voz ni voto.

Han pasado quince años de aquello, nuestra relación con los Mitsuki no se rompió, yo seguí mandando una carta todas las semanas a Toya, pese a que cada vez me respondía con menos frecuencia hasta que dejó de contestarme, mis pesadillas desaparecieron junto con la voz de esa mujer, ya no me escapaba en mitad de la noche.

Hace cosa de un mes, se me presentó la oportunidad de volver al país donde nací, al lugar donde pasé mi infancia. Mi universidad preparaba unas becas para estudiar en Tokio, las condiciones para solicitarlas eran demostrar que se poseían los conocimientos necesarios en el idioma, para lo cual no tenía demasiados problemas ya que mi padre me siguió ayudando con la gramática aún después de volver a casa.

Lo más difícil fue convencer a mi madre de que me dejara ir, si tenía su permiso todo sería más fácil, pese a que no estaba muy convencida cambió de opinión al enterarse de que el actual director de la universidad nipona era el mismísimo Keizo Mitsuki, sus palabras fueron “si estás cerca de los Mitsuki por lo menos sabré que estás segura”.

Así que, después de un par de meses de papeleos, y acuerdos con la universidad, todo estaba listo, tendría un pequeño apartamento en la zona universitaria, podría estudiar por un periodo de unos cuatro meses en la universidad de Tokio, mi única condición… que el señor Mitsuki no supiera que yo era aquella niña que un día recibió en su casa, pretendía evitar favoritismos nada más.

-¡GRABRIELA!, qué pasa con esta niña. ¡SI DE VERDAD TIENES TANTAS GANAS DE IRTE, MÁS TE VALE QUE TE LEVANTES DE UNA BUENA VEZ! -gritaba mi madre al tiempo que entraba en mi dormitorio.

Estaba lista, sólo estaba revisando mi equipaje, estaría fuera hasta la navidad, debía asegurarme de no olvidar nada importante.

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