Leyenda de los siervos de la Luna.

Después de un pequeño parón en el blog, hoy os traemos un auténtico regalo, el cual estamos seguras de que os va a  encantar. Se trata de la leyenda en torno a la que gira todo el argumento del libro de “El lobo y la flor de lis”, una introducción para ir entrando en sintonía, contada desde la perspectiva de la protagonista, Gabriela.

Además, al final habrá otra sorpresa… de parte de otro de los personajes, el patriarca de los lobos de la ciudad de Tokio, Keizo Mitsuki

Y como decimos siempre: esperamos que lo disfrutéis.

Leyenda del los siervos de la Luna.

 Seres distintos a nosotros, seres de fantasía, de  cuento y pesadilla, caminan entre nosotros sin que lo sepamos, sin que los veamos, unos nos protegen, otros nos cazan y se alimentan.

Hace siglos que criaturas, como mi lobito gris,  nos acompañan ocultos entre las sombras. A pasado casi una eternidad, de aquella noche en la que un hombre lanzara alzara su voz al cielo al cielo buscando ayuda para proteger a los suyos del mal que se escondía en la oscuridad.

Este es el origen, de los lobos que pueblan la ciudad de Tokio, este es el comienzo de una leyenda, de la que quiera o no, formaré parte.

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“En un tiempo perdido, en una villa escondida, el mal caía sin piedad, oculto en la oscuridad, sobre su gente. Cada noche, mujeres, niños y hombres desaparecían engullidos por las sombras, para no regresar. Solo una familia rogó por tener el poder para eliminar ese mal, solo una familia gritó al cielo por ser dignos poseer la fuerza necesaria que protegiese a los suyos.

Con los campos regados de sangre por la pugna entre el bien y el mal, la Luna concedería, a aquellos que rogaron por una salvación, su regalo:

“Tendréis el poder, os concederé la forma para que podáis luchar, para que protejáis a los vuestros. ¡Jurad en mi nombre!, porque a partir de ahora sois mis hijos, sois mis hermanos, y mis amantes”

Y la familia aceptó el regalo dado por la Luna. La habilidad para poder ver entre las sombras, para transformarse y cambiar de forma; para vigilar y proteger.

La paz se estableció, el pueblo creció sin miedo a nada, sabiendo que sus guardianes mantendrían el mal fuera de las fronteras. Pero el don de la Luna pronto se convirtió en maldición. Ningún hombre de la familia regresaría a su forma humana si la Luna no se mostraba; ningún hombre vería su autentica forma si el poder de esta no estaba equilibrado en él, cada uno de ellos tenía que encontrar su propia Luna, una mujer que tomar como esposa y amante.

No obstante, esto no ayudaría a los más jóvenes ni a los que perdieran a su compañera. Viendo los problemas de su regalo, la Luna dejó su última bendición. Una mujer, una guardiana de su poder, la cual podría mantener a salvo a la familia por completo, a todos y cada uno de ellos.

Todo debería haber ido bien a partir de ese momento, pero la oscuridad toma muchas formas, y la peor es aquella que consigue anidar en el corazón humano. Mientras las tierras y las familias de los “Siervos de la Luna” mantenían al mal alejado, otras villas caían, y ambicionaban el secreto y el poder de estos.

Una noche de luna nueva, cuando el patriarca de la familia se llevaba a los hombres bendecidos de la familia a patrullar por las tierras, otros clanes tomaban la casa principal, dispuestos a desvelar el secreto.

El fuego protagonizó esa noche, consumiendo la casa familiar hasta quedar hecha cenizas, calentando el hierro con el que se marcó a cada una de las mujeres de la familia, y al último regalo de la Luna.

Fueron llamados demonios, fueron perseguidos y expulsados de sus tierras, de lo que un día consideraron su hogar. Buscando nuevas tierras, un lugar en el que establecerse, donde nadie hubiera oído hablar jamás de ellos, así fue como el patriarca llegó hasta el archipiélago de Japón, donde el clan se dividió y extendió, esperando por cada nueva generación a la “guardiana”, a la “imagen de la Luna hecha mujer”, que sirviera a la familia y otorgara el liderazgo dentro de los clanes al unirse a uno de los herederos, cuatro en total, uno por cada hijo del patriarca original”.

Gabriela Marcos.

Una nueva tierra, un nuevo hogar, una nueva familia que mantener, era hora de un nuevo juramento: 

Juramento a la Luna.

“Hermanos,  nosotros somos el Clan de los Lobos, venidos desde los rincones del viejo continente, asentados en esta lejana tierra para velar por nuestra madre, hermana y amante, La Luna, dadora de vida y de nuestro poder”

Keizo Mitsuki.

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